jueves, 12 de abril de 2018

Estado de sitio



Estado de sitio

Débil, arrinconándome la Vida
con un trozo de vidrio en la garganta
en un sórdido túnel sin salida,

su sombra fantasmal se me agiganta;
la intrepidez se me ha desvanecido,
tengo angustia y no puedo hablar de cuánta.

Ya casi es un dialecto mi gemido,
un estertor agónico e inconexo
sin una ubicación en el olvido.

Me he humillado teatral y genuflexo
ante el Azar que toma decisiones
sin permitir el más remoto nexo

con lo que otrora fueron ilusiones,
como cuando un revés determinante
acaba con la fe de que dispones.

Muere una convicción en un instante,
un ideal de cáscara compacta
se vuelve añicos con afán mutante.

Ya con la egolatría tumefacta
ante los trances más inofensivos
toda nuestra bravura se retracta.

La penumbra no deja espejos vivos,
sólo tiene oquedad en torno suyo
y una serie de cultos expiativos.

En madriguera tal me disminuyo,
como una bestezuela temerosa
dentro de un esperpéntico capullo.

Se ha vuelto mi habitáculo esta fosa
de taciturnidad y aquejamiento
porque el mundo colérico me acosa.

Es una abdicación, no me arrepiento
de claudicar al pie de un precipicio
sitiado por un mal presentimiento.

Acontezco en un ámbito ficticio,
en medio de pretéritas quimeras
cuando a solas les hablo y acaricio.

El miedo es de costumbres pendencieras,
sientes que su negrura es un vil hado,
como un dios que aguardara a que te mueras.

Cogiendo un rumbo exótico he arribado  
a un túnel sin salida y sin retorno,
de mucho a poco y nada me degrado.

Como síntoma grave de trastorno,
creo que tengo un témpano a mi lado
a juzgar por mi gélido contorno
o tal vez por mí mismo estoy sitiado.

martes, 3 de abril de 2018

Exposición de un Coleccionista 8 (Reseña Capciosa)





Manchas y chorreaduras muy estéticas, ejemplo paradigmático del neo-abstractismo post-rupestre, un movimiento artístico derivado del embarradurismo improvisado e impulsivo que hace de la emoción sincera su principal rasgo estilístico. Con la espontaneidad como dogma, todo objeto arrojadizo capaz de salpicar es válido. Verbigracia: un huevo negro. La técnica alcanza cotas de esplendor a la contra: la destreza del descaro, el bellaco talento del ocio. Hay que dejar escurrir la inspiración. Los pintarrajeos son merecedores de una pared con preeminencia en un museo y una sesuda reseña. Este cuadro excelso se titula "Salpicón fúnebre", y por el monto que pagué por él uno podría adquirir un submarino nuclear o un telescopio satelital de última tecnología. El presupuesto de todo un año de varios países pobres. No hay que olvidar que el precio de una obra, está en función no sólo de sus atributos artísticos, sino de su procedencia: quién o quiénes han sido los poseedores de una obra tan magna; y ésta, estuvo en las manos del mismísimo Rico McPato. El nombre del ex propietario le da una magnificencia adicional a la pintura. Una creación digna de figurar en la sala de espera de un dentista.
La obra fue retocada el años pasado por su autor, con el único propósito de mejorar su indiscutible calidad.

sábado, 24 de marzo de 2018

Carta ambarina



Mi niña ambarina:

Te escribo porque extraño tu boca de dátil maduro. No me censures la analogía sentimental con que te evoco, pues por tus labios he aprendido a divinizar al tacto. Me agrada acosar a esa miel de tus besos como si fuera un niño en pos de vedadas dulzuras. Te quiero por tu rostro de sol soñoliento.
En estos últimos días me la he pasado concibiendo toda clase de extravagancias con respecto a tu imagen que parece un recinto de palomas risueñas. Esta misma carta es prueba de ello: en sus estrafalarios renglones dejo constancia de mis delirios y empeños. Hago comparaciones inauditas pero espontáneas, como cuando alabo tu cabellera insumisa que aparenta ser cómplice del viento. Ya casi no creo en mis sentidos ni en mi otrora diáfano sentido común. Me ofusco al mirarte en un ámbito de huidiza e intacta niebla, como una fantasmagórica visión que burlona me hace ademanes para que me acerque; mas te alejas una y otra vez cuando en vano extiendo mis brazos hacia ti. Contigo pero sin nadie. A tu lado pero solo en un ilógico festejo: la lluvia se desplaza hacia arriba y el amanecer surge por el sur cuando me sorprende borracho con un ramillete de flores marchitas. No nací para el alejamiento, para lo remoto inaccesible. Añoro tu cuerpo de hoguera intáctil que me envuelve en un mágico deslumbre, tu arquitectura carnal que me tortura y solivianta cuando me montas como si fuera un corcel de espuma turbia, poseyéndome cual amazona bárbara y romántica. Te echo de menos como nunca, como quien se desarraiga de su apacible morada. ¿Recuerdas que una vez comparé el ardor de no tenerte con la sed? Me hace falta tu primaveral presencia. Para contrarrestar en forma ineficaz tu partida, trazo garabatos con tu nombre. En el colmo de la exageración y el dramatismo coloco mi mejilla menos maltratada en el suelo que has pisado.

Vuelve pronto.
Tuyo.

jueves, 22 de marzo de 2018

Cartilla Sextina 11


Sextina de la Perorata

Egregios ciudadanos de este mitin:
se acerca el día de ejercer el voto
para fijar el rumbo de la patria.
Auguro vientos prósperos de cambio
y prometo justicia para el pueblo
si es que me favorecen en las urnas.

Marchen con pragmatismo hacia las urnas
pues tal es la intención de nuestro mitin:
fomentar el civismo en todo el pueblo.
Soy un caudillo protector del voto.
Prosélitos, pugnemos por el cambio
y no seamos huérfanos de patria.

Ya bien pensado: cada quien su patria.
Corran si hay culatazos en las urnas,
es la señal de un infructuoso cambio.
Mientras beben cervezas en el mitin
les sugiero que sueñen con su voto,
los bostezos le ganan siempre al pueblo.

Gente de este rebaño, que no pueblo:
las encuestas me dicen que la patria
quiere a alguien carismático. Su voto
mostrará que soy célebre en las urnas.
Veo gente mugrienta aquí en el mitin
que se imagina un inaudito cambio;

permanecer igual también es cambio
según ciertos retóricos del pueblo
quienes mediante el bla bla bla en un mitin
—su excrementicia burla de la patria
quieren lanzarse al estrellato. Las urnas,
son la escenografía para el voto.

Hagamos una mística del voto,
no un pasatiempo sino un don en cambio,
no un juego vil sino el deporte de las urnas
como épico torneo para un pueblo
que eructa ron vulgar que huele a patria
y confunde una juerga con un mitin.

Prometo un cambio mágico en las urnas,
un sutil fraude al pueblo y a la patria
con un voto tahúr después del mitin.





lunes, 19 de marzo de 2018

Antípoda


Hablando mal de mí conmigo mismo
después de concederme cita a solas
hurgo en mi yo buscando —sin aureolas
introspección de ególatra turismo.

Es un rapto al revés de narcisismo,
un golpe a la entidad que no controlas,
una ruda invectiva con cabriolas
de desaprobación desde el abismo.

Al soportarme debo ser estoico
como quien habla a gritos con un bruto
igual a un ejemplar antropozoico.

Sin poder recurrir a un sustituto
me sufro sin que sea un acto heroico
si en íntimo conflicto me discuto.

jueves, 15 de marzo de 2018

Trópico de Cáncer



Son coincidencias. Tétricas pero coincidencias al fin. Tras la quimioterapia mi cabello vuelve a crecer a razón de medio milímetro por día. Un hermoso cabello castaño, —perdonando la inmodestia— a medio camino entre lo rubio y lo moreno. A mi madre le gustaba verlo extenderse hasta los hombros y a mí sentir cómo la brisa tibia era juguetona y revoltosa con él. En la escuela fui aplicada y dócil, siempre con el pelo impecable gracias al pertinaz cepillo materno que recorría mi abundante melena una y otra vez antes de dejarme partir, irradiando como un astro con fulgor propio. Por mi estatura me formaba justo a la mitad de la fila entre las demás niñas antes de ingresar al aula. A mitad de la fila y en medio del patio.
A diferencia de mis compañeras, el estudio me era muy gratificante. Un gozo que se acrecentaba con la geografía y la contemplación del firmamento. Ver el cielo de noche era para mí como una aventura. Recostada en el césped trababa los nudillos detrás de mi nuca para memorizar las constelaciones del zodíaco. Identificándolas, repetía sus nombres una por una y, cerrando los ojos, jugaba a encenderlas y apagarlas según mi voluntad. Mi favorita fue siempre Cáncer, por su apariencia sutil y sencilla. Además era mi signo.
Cuando tuve mi primer novio fuimos una pareja medio estrambótica: yo era medio santurrona y él medio sacrílego, pero nos amamos con un completo frenesí. Ambos éramos vástagos de Cáncer, una mancuerna  —según los supersticiosos muy especial y espacial por aquello de la distracción congénita, viviendo en la luna, nuestra regente. Juntos parecíamos ir en direcciones contrarias, caminando de lado como los cangrejos con sus patas despistadas y botarates. Patas de cangrejo como las que Hipócrates creyó ver en los primeros tumores que examinó. El mío me lo diagnosticaron hace poco, al brincar la valla del medio siglo de vida y crece a razón de medio milímetro por mes.

Mi seno izquierdo se ha tornado rojizo y muy sensible, como dicen que les ocurre a las madres que amamantan, mas yo no tengo referencia alguna puesto que no tuve hijos ni me casé. No haber dado pecho nunca es algo que me amarga. Y afirman las estrellas tutelares que las mamás de signo Cáncer son pródigas en calostro.

La constelación que los crédulos aseguran rige mi destino son coincidencias dio nombre al trópico que cruza mi país casi por en medio. El paralelo se desplaza hacia el sur medio segundo por año. Algún día pasará por mi comarca de acuerdo a los expertos; un lustro tal vez: media década.

Mi tumor también se desplaza hacia el sur, es decir, mi sur, ruta abajo. Una invasión que parece ser meridional, metástasis sureña que avanza en forma implacable, sin marcha atrás. Resulta extraño porque suelen propagarse con total anarquía: células malignas moviéndose atolondradas y locas, como los cangrejos. Como que quieren ir rumbo a un sitio pero se dirigen a otro. Al presionar mis tejidos un dolor se extiende en forma aleatoria pero concluye siempre en mi centro, en mi medio, como si una fiera tenaza pellizcara mi carne. 

Dicen que en un futuro cercano el Trópico de Cáncer atravesará mi comarca, acaso mi hogar. Me gustaría estar allí, poner alguna señal. Si no fuera porque la doctora me ha calculado cuando mucho medio año más de vida. Son coincidencias, me digo, tétricas pero coincidencias al fin. Moriré tropical, constelada, canceriana y cancerosa. Íntegra, nada de medio.

miércoles, 14 de marzo de 2018

Yantar de Gesta 11 (Las orejas de Van Gogh)


No se espanten. Son orejas de carnaval hechas con harina de trigo y ninguna meretriz o fámula de burdel me enseñó la receta. Estoy de acuerdo en que lucen un poco espeluznantes pero no hay que exagerar: son deliciosas. Es una creación personal como mis cuadros, de hecho, le llevé esta delicia a Gauguin en una bandeja de vidrio, pero la envidia por mi talento culinario lo hizo enfadar al grado de romper el recipiente contra el suelo para después hacerme un tajo en la oreja con un fragmento.
Mi obra es relativamente simple. Lo primero es hacer una mezcla de una barra de mantequilla (genuina, no adulterada), un par de huevos, 100 ml de anís, 100 gr de azúcar y la cáscara de un limón previamente rallada. Se deposita toda esta revoltura en una cazuela y se le añade una pizca de sal (no me pregunten cuánto es una pizca, yo tampoco lo sé). La mezcolanza debe quedar homogénea, como quien combina el rojo y el blanco para obtener el rosa (color que por cierto no me gusta). Debe obtenerse una masa uniforme que sirva para tapar las goteras y materia prima para esparcirse sobre la mesa con un palote, rodillo, cilindro de madera o ya de plano ante la carencia de instrumental de cocina, con una botella.
A todo el conjunto se le añade medio kilo de harina de trigo y se vuelve a amasar hasta obtener una amalgama de mayor consistencia aunque suave. Se extiende la pasta sobre la mesa con la botella o el palote y se cortan trozos más pequeños para configurar las orejas. Yo recomiendo hacerlo con los dedos porque el resultado estético es mejor que con un tenedor o cuchara. Puede uno inspirarse en las orejas de un boxeador famoso o en las del vecino con orejas de cerdo. Cada quien puede elegir los pabellones auriculares que considere mejor como modelo.
Los trozos se fríen en aceite de oliva (que no sea espurio o de mentiritas, agregándole aceite de girasol). Por último, a las orejas se les espolvorea azúcar hielo o glas como elemento decorativo. Prueben el regalarle una a la reina del lupanar, ofreciéndosela en un pañuelo. De seguro se desmaya de la emoción.