El chef se pegó un tiro porque la gente no
contaba con el paladar desarrollado para apreciar sus manjares. El pintor puso
veneno en su café porque nadie tenía ojo para su arte. Al atleta lo encontraron
suspendido de una soga porque el público ya no vitoreaba sus logros olímpicos. Introduciendo
una tostadora de pan en la bañera, el payaso del circo se electrocutó porque
sus gracias no hacían reír a nadie. Con un salto desde un precipicio, el
meteorólogo dijo adiós al mundo porque sus pronósticos eran interpretados
siempre en sentido opuesto. El científico, atándose una piedra, se mantuvo bajo
el agua hasta ahogarse porque ningún mortal era capaz de entender sus teorías.
El cartero fue hallado con las venas abiertas porque las cartas ya no eran una
práctica común entre la gente.
Yo soy más ecuánime y no llego a tales
extremos, a pesar de ser un médico desacreditado a quien todos los pacientes se
le mueren.