domingo, 15 de abril de 2012

Homo Lectoris 4 (La alfarerita de Warka)




La alfarerita de Warka

Entre plato y cántaro se da tiempo para leer un par de páginas. Siempre las mancha de barro: la ansiedad le impide enjuagárselas como es debido. Esta forma de distribuir actividades la estimula porque lejos de robarle concentración le permite volver mentalmente a lo leído combinando la labor manual con el intelecto. Modela a mano ya que no tiene torno ni dinero para comprarlo, y no está en sus planes meter uno en el tallercito que es también vivenda puesto que hay necesidades más urgentes. Al tamizar la arcilla interrumpe de nuevo su tarea para distraerse con otro párrafo. No se da cuenta de que rechina los dientes mientras lee. Duda en considerar lo suyo un mal, un vicio. No puede evitarlo, es un acto reflejo y orgánico. Como lectora congénita prefiere la técnica de hacerlo en silencio y con los ojos, pero sobretodo, para adentro, en pletórica intimidad. Una sensación indefinida la induce a vincular su quehacer de alfarera con los caracteres del texto. Quizá porque los signos le sugieren huellas de pájaro en el lodo, o le evocan aquellos vasos que vio una vez en el mercado de Warka, con imágenes de hombres y mujeres leyendo. Ella no es tan hábil para decorar, de modo que se contenta con uno que otro detalle geométrico en sus objetos.
Cuando va a la noria por agua suele tropezarse: con la mirada fija en la lectura no tiene cuidado ante el sendero. Si necesita reunir leña para cocer los cacharros, se da una tregua para continuar con su afición sentada en un tronco. Vive sola y es tan pobre que no le alcanza con su oficio para adquirir libros. La poca gente que le compra vasijas es tan humilde como ella. No pudiendo comprar libros se los escribe ella misma.