Son
coincidencias. Tétricas pero coincidencias al fin. Tras la quimioterapia mi
cabello vuelve a crecer a razón de medio milímetro por día. Un hermoso cabello castaño, —perdonando la inmodestia— a medio camino entre lo rubio y lo moreno. A mi madre le gustaba verlo
extenderse hasta los hombros y a mí sentir cómo la brisa tibia era juguetona y
revoltosa con él. En la escuela fui aplicada y dócil, siempre con el pelo
impecable gracias al pertinaz cepillo materno que recorría mi abundante melena
una y otra vez antes de dejarme partir, irradiando como un astro con fulgor
propio. Por mi estatura me formaba justo a la mitad de la fila entre las demás
niñas antes de ingresar al aula. A mitad de la fila y en medio del patio.
A
diferencia de mis compañeras, el estudio me era muy gratificante. Un gozo que
se acrecentaba con la geografía y la contemplación del firmamento. Ver el cielo
de noche era para mí como una aventura. Recostada en el césped trababa los
nudillos detrás de mi nuca para memorizar las constelaciones del zodíaco.
Identificándolas, repetía sus nombres una por una y, cerrando los ojos, jugaba
a encenderlas y apagarlas según mi voluntad. Mi favorita fue siempre Cáncer,
por su apariencia sutil y sencilla. Además era mi signo.
Cuando
tuve mi primer novio fuimos una pareja medio estrambótica: yo era medio
santurrona y él medio sacrílego, pero nos amamos con un completo frenesí. Ambos
éramos vástagos de Cáncer, una mancuerna —según los supersticiosos— muy especial y espacial
por aquello de la distracción congénita, viviendo en la luna, nuestra regente.
Juntos parecíamos ir en direcciones contrarias, caminando de lado como los
cangrejos con sus patas despistadas y botarates. Patas de cangrejo como las que
Hipócrates creyó ver en los primeros tumores que examinó. El mío me lo
diagnosticaron hace poco, al brincar la valla del medio siglo de vida y crece a
razón de medio milímetro por mes.
Mi seno
izquierdo se ha tornado rojizo y muy sensible, como dicen que les ocurre a las
madres que amamantan, mas yo no tengo referencia alguna puesto que no tuve
hijos ni me casé. No haber dado pecho nunca es algo que me amarga. Y afirman
las estrellas tutelares que las mamás de signo Cáncer son pródigas en calostro.
La
constelación que los crédulos aseguran rige mi destino —son
coincidencias— dio nombre al trópico que cruza mi país casi por en medio. El paralelo
se desplaza hacia el sur medio segundo por año. Algún día pasará por mi comarca
de acuerdo a los expertos; un lustro tal vez: media década.
Mi tumor
también se desplaza hacia el sur, es decir, mi sur, ruta abajo. Una invasión
que parece ser meridional, metástasis sureña que avanza en forma implacable,
sin marcha atrás. Resulta extraño porque suelen propagarse con total anarquía:
células malignas moviéndose atolondradas y locas, como los cangrejos. Como que
quieren ir rumbo a un sitio pero se dirigen a otro. Al presionar mis tejidos un
dolor se extiende en forma aleatoria pero concluye siempre en mi centro, en mi
medio, como si una fiera tenaza pellizcara mi carne.
Dicen que en un futuro cercano el Trópico de Cáncer atravesará mi comarca, acaso mi hogar. Me gustaría estar allí, poner alguna señal. Si no fuera porque la doctora me ha calculado —cuando mucho— medio año más de vida. Son coincidencias, me digo, tétricas pero coincidencias al fin. Moriré tropical, constelada, canceriana y cancerosa. Íntegra, nada de medio.
Dicen que en un futuro cercano el Trópico de Cáncer atravesará mi comarca, acaso mi hogar. Me gustaría estar allí, poner alguna señal. Si no fuera porque la doctora me ha calculado —cuando mucho— medio año más de vida. Son coincidencias, me digo, tétricas pero coincidencias al fin. Moriré tropical, constelada, canceriana y cancerosa. Íntegra, nada de medio.